Escritoras invisibles (o por qué todos tenemos que leer a autoras en octubre)

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Jane, cazada en un momento de plena inspiración

Emily Brontë tuvo que publicar Cumbres Borrascosas bajo el seudónimo de Ellis Bell. Fernán Caballero, aunque no lo creas, era el nombre que utilizó Cecilia Böhl de Faber para firmar sus historias. No hace tantos años, a Joanne Rowling la convencieron sus editores para que firmara como J.K. por miedo a que los lectores (masculinos) tuvieran reticencias a la hora de leer historias sobre un niño mago escritas por una mujer. Son solo tres ejemplos, pero hay más, muchos más.

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